Actualizado 17/04/14: Errores corregidos.

Muchas personas conocen lo que es convivir con una fobia, muchas más de las que normalmente uno imagina. Quienes no lo sufren no tienen una mínima aproximación a lo horrible y angustiante que se siente ese momento; uno literalmente se descompone y enferma.

Lo mío no es realmente una fobia, pero si pánico (que genera las mismas sensaciones a nivel físico). Mi problema es con los perros, más específicamente con los, según yo entiendo, mal llamados de guardia y protección, como el ejemplo a continuación.
Parece mentira, por un lado nos quejamos de la verdura transgénica, de las pruebas con ADN; pero por otro, con los con pobres canes jugamos a ser dioses, hacemos experimentos y poco nos importa los efectos secundarios. En la mayoría de nuestros países el perro es una criatura doméstica, sin tener en cuenta que en algunas razas implican un riesgo por más que hayan sido buenísimos toda su vida.
Yo viví uno de esos riesgos siendo muy pequeña y ahí nomás me quedo arraigado el miedo. Tanto que por más que lo haya tratado hay cosas que me siguen superando; como cuando me los cruzo en la calle (al día de hoy sigo escondiendo las manos) o cuando me obligan a pasar un rato en la misma misma habitación. No puedo describir completamente lo que me pasa internamente pero es como si inmediatamente cayera enferma y absolutamente descompuesta.
Pero el verdadero problema, para mí al menos, son los dueños, por muy amigos que sean voy a detestarlos si me obligan a estar en una habitación con un dogo, un doberman o similar. Sobre todo si me dicen que no pasa nada, y esto se debe a dos motivos: 1ro la persona no toma conciencia de que algo muy terrible ya nos esta pasando; 2do puedo refutar perfectamente que siendo buenito toda su vida aún puede causar grandes daños.
Hace rato que veo circular en la red frases que reivindican a sus mascotas sobre estos argumentos, y esta claro que en algún punto tienen razón, pero en ese caso deberíamos pensar en el otro. Puede parecer mínimo, pero si nos preocupamos tanto por los animales también podemos preocuparnos por las personas. Para las personas que tienen mascotas estas cosas pueden parecer mínimas, pero juro que no lo es, todo lo contrario, es absolutamente terrible vivir esas experiencias.
Pero volviendo a lo que iba, la mascota es importante, el otro también. Si se invita a alguien se puede avisar de que hay mascotas y no ofenderse si el otro prefiere evitar la visita o propone su propia casa para el encuentro. Por las calles no dejar animales sueltos, y si son perros el uso del bozal, permite que los animales paseen y mucha gente no viva con pánico.
 
Traigo el caso de los perros porque ha sido mi experiencia, pero vale para cualquier mascota, y para todas las personas. Solo se trata de ponernos un ratito en los zapatos del otro.
 


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